Un impuesto que invierte en nuestra salud

Por Richard F. Daines

4 de marzo del 2010

El sesenta por ciento de los adultos y un tercio de los niños del estado de Nueva York tienen sobrepeso o están obesos. Muchos factores contribuyen a la obesidad, pero existe uno particularmente perjudicial: el azúcar que se agrega a las bebidas.

En la actualidad consumimos 300 calorías más en un día de lo que consumíamos hace 30 años, y la mayor parte de esas calorías extras provienen de refrescos endulzados artificialmente, bebidas energéticas y bebidas de frutas con sabores artificiales.

Como medico, muchas veces he tenido que revelar a mis pacientes que sufren de diabetes y por lo tanto deben enfrentar un combate de por vida con las complicaciones derivadas de esta enfermedad y con sus costos. Muchas veces he caminado por la calle 149 del Bronx y he visto cartel tras cartel donde se publicitan las enormes porciones y los bajos precios de los refrescos endulzados artificialmente que se ofrecen en los restaurantes de comida rápida que hay en cada esquina.

También he sido guía scout y he visto cómo los niños engullen una bebida deportiva energizante porque quieren volverse "fuertes", sin saber que lo que están haciendo es añadir tanta azúcar en su sistema que para poder quemar esas calorías tendrían que caminar al menos una hora al día.

Ahora que soy el Comisionado de Salud del estado, y entonces cada neoyorquino es mi paciente quiero decir: "Ya basta".

Como muchos profesionales de la salud, le doy mi apoyo al impuesto a las bebidas azucaradas como parte de una estrategia para combatir la obesidad. El poder y la influencia financiera de muchas compañías alimenticias durante mucho tiempo han atentado contra la buena salud de muchas personas.

Los bajos precios de los refrescos reflejan los subsidios del gobierno al sirope de maíz y al azúcar y esconden los costos en términos de la obesidad que ellos mismos generan. Investigaciones publicadas en la revista New England Journal of Medicine revelan que durante los pasados treinta años el precio de las sodas o refrescos ha subido únicamente tres cuartos de la tasa de inflación, mientras que el precio de las frutas y de los vegetales frescos ha subido una vez y media por encima del índice de precios del consumidor.

Estas son señales de un mercado en declive. Las opciones saludables suben de precio mientras que las malas opciones bajan de precio. La leche baja en grasa cuesta más que las gaseosas. De allí que las tiendas y graneros de los barrios de estrato bajo almacenen menos leche y en su lugar almacenen más sodas y gaseosas, y la imparable publicidad de la industria de los refrescos y de las comidas rápidas hace que las bebidas azucaradas se conviertan en un consumo cotidiano.

El verdadero costo de estos refrescos azucarados que reciben subsidios lo pagan los contribuyentes. Se calcula que anualmente en Nueva York se gastan $7.6 mil millones de dólares en el tratamiento de enfermedades relacionadas con la obesidad. Buena parte de esta cifra la pagan los contribuyentes a través de Medicaid y de Medicare. Esta cifra no se ve en las maquinas expendedoras de refrescos, ni en un partido escolar de baloncesto ni en la tienda de la esquina. Pero todos pagamos por esto, sin importar si consumimos o no consumimos refrescos y sodas.

El gobierno toma cartas en el asunto de parte del consumidor cuando los mercados privados fallan. Esta es la razón por la que se aplican impuestos que pagan la protección contra incendios y carreteras más seguras, y por esta misma razón se han usado los impuestos para reducir el consumo de cigarrillo. Si hubiera ganancias qué hacer por adoptar políticas correctas de salud pública, las grandes corporaciones ya estarían invirtiendo en ello. En el sector de los alimentos no hay una perspectiva de ganancias en el hecho de convencer a los estadounidenses que no consuman bebidas que son baratas, están respaldadas por enormes campañas publicitarias y tienen un sabor agradable.

Los costos públicos de la obesidad han llevado a que el asunto deje de ser algo personal para convertirse en una problemática de salud pública que continuará absorbiendo nuestros impuestos al tiempo que debilita nuestra salud. Otro estudio llevado a cabo por la revista The New England Journal of Medicine le hizo el seguimiento a miles de niños hasta que llegaron a la edad adulta y se descubrió que los jóvenes más obesos tenían mucho más riesgo de fallecer antes de los 55 años que aquellos jóvenes más delgados.

¿Una tasa de fallecimientos el doble de lo normal antes de llegar a los 55 años? ¡Qué lejano se encuentra esto del mundo feliz y refrescante que nos pintan en los comerciales de refrescos y gaseosas!

Recientes encuestas realizadas entre los neoyorquinos y entre los votantes de la ciudad de Nueva York nos muestran que apoyarían un impuesto de un centavo por onza en los refrescos no dietéticos si ese dinero se usa para subsanar déficits en el presupuesto y para apoyar el cuidado de la salud.

Este año el estado de Nueva York no cuenta con mucho dinero para poder llevar a cabo muchas cosas. Pero podemos dar un paso muy importante al oponernos a intereses especiales, al proteger a nuestros niños y al demostrar que en Nueva York es posible implementar una innovadora política pública que ofrezca un futuro más saludable para todos nosotros.

El doctor Richard F. Daines es el Comisionado de Salud del estado de Nueva York.